El ruido cotidiano se ha transformado en un contaminante invisible que afecta la calidad de vida en los centros urbanos. En una reciente intervención técnica, el ingeniero en sonido Pablo Miechi analizó cómo la exposición constante a niveles elevados de presión sonora, provenientes del tránsito, eventos sociales y el uso de dispositivos personales, puede derivar en daños irreversibles como la hipoacusia.
Mediciones en las calles de la ciudad
Durante un relevamiento realizado en las inmediaciones del Parque Independencia, se utilizó un sonómetro profesional para registrar el impacto del entorno. La medición arrojó un promedio de 69,7 decibeles en un lapso de cinco minutos, un valor que refleja la complejidad del mapa sonoro rosarino. Según explicó el especialista, estos registros varían según el flujo vehicular y el tipo de transporte, requiriendo promedios logarítmicos para entender el riesgo real al que se exponen los transeúntes.
Prevención y normativas vigentes
En el ámbito laboral, el límite de referencia se establece en 85 decibeles para jornadas de ocho horas, aunque en entornos recreativos como boliches o recitales, los niveles pueden trepar hasta los 110 decibeles. Ante este escenario, la recomendación para el uso de auriculares es seguir la regla del 60/60: no superar el 60% del volumen máximo ni utilizarlos por más de una hora continua.
Finalmente, se destacó que Rosario cuenta con ordenanzas específicas para regular los ruidos molestos y la difusión musical. El cumplimiento de estas normas, junto con el uso de protectores auditivos en ambientes ruidosos, resulta fundamental para preservar la salud de las células ciliadas del oído, las cuales pierden sensibilidad ante los sonidos agudos cuando el daño comienza a manifestarse.